Foto: Jesús Jank Curbelo

Amanecer sentado

17.11.2016

Desde hace poco más de un mes, a causa de los daños ocasionados por el huracán Matthew, el enfermero Jesús No­las­co vive y trabaja en un centro de evacuación 

BARACOA, Guantánamo.—Jesús No­las­co amanece sentado.

Desde hace un mes y tres o cuatro días no tiene cama, colchón, ni reservas.

Ni casa.

Es enfermero desde hace más de 25 años.

Y trabaja sin bata en un centro de trabajo que no es el suyo porque ese, y el nailon donde guardaba la ropa, se los llevó el ciclón.

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—Yo estaba en la casa de una vecina y nada más oíamos unos vientos. El agua fue después. Cuando pasó el ojo, que veíamos la tranquilidad, nos asomamos. Pero, sin embargo, por teléfono desde La Habana, mis amigos y el es­poso de la vecina llamaron y dijeron: no salgan, que está pasando el ojo; no se confíen. Pero sí salimos…

El día 4 de octubre, sobre las cinco de la ma­drugada, Jesús se abalanza por la escalera y trepa a la azotea de la casa de su vecina con una linterna. Apunta con la luz hacia su casa (que es la contigua) y se desgaja en llanto.

Parece el hombre más noble del mundo.

Tiene una voz que no sé describir.

—Encendí la linterna y yo vi mi casita destruida. Parte de un terrenito que teníamos sembrado, la mayoría de los árboles en el suelo: ma­tas de coco y de aguacate partidas, arrancadas de raíz; matas de plátano burro, plátano vianda...

Terrible, terrible. Y mi casita no tenía techo, ni las paredes. Sentí una opresión en el pecho. Yo creo que no me dio una cosa porque me preparé.

Ahora sonríe.

—Pero quedó una mata de ciruela.

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La tarde-noche del 4 de octubre Jesús re­vuel­ve cuanto hay en su casa buscando aquello que aún pueda servirle.

Enchufa el refrigerador y arranca. Después no arranca y otra vez arranca. Y no arranca. Y así…
Mientras, desde la casa de la presidenta del CDR, la esposa de Jesús está al teléfono con algún funcionario del Gobierno provincial.

Pasan la noche en casa de la vecina.

La mañana siguiente, el Gobierno los ubica en un aula de la segunda planta de la escuela Rodney Coutín Correa, que sirve como centro de  evacuación a los damnificados de la Zona de defensa La Asunción.
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—Cuando el ciclón, en esta escuela hubo 1 899 personas evacuadas. Actualmente hay 258 (63 familias). Hay 37 niños de entre cero y seis años; 28 de entre siete y 14; 89 de 15 a 40; y 89 personas mayores de 40 años. 27 de ellas, ma­yores de 60 —dice Lázaro Emilio Chávez Pé­rez, responsable del centro.

En la Rodney Coutín hay albergados sie­te impedidos físicos, tres personas con trastornos siquiátricos y cinco con patologías de cáncer.

Dice Lázaro Emilio que estas últimas, por  no tener las condiciones óptimas para ser atendidas en el centro, están evacuadas en casas de familiares. Pero es el centro quien les garantiza, principalmente, la alimentación.
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A la una, casi dos de la mañana, alguien llama desesperadamente a la puerta.

Jesús abre.

Hace días que duerme sobre el suelo con una sábana, junto a su esposa.

—¿Qué pasa? —dice.

—Médico, le traje al niño porque está botando sangre por la nariz.

Es un niño de 12 o 13 años.

—Lo veo, pero no tenía nada —me cuenta ahora Jesús—, porque hay quien va sangrando y le corre por la cara. Parece que el muchacho se había limpiado un poco, no sé. Le expliqué al padre: eso a esa edad es normal. La nariz es una zona muy vascularizada: tiene muchas ve­nitas y vasitos que a veces, con estornudar, se explotan. En esa edad son frágiles. Le digo: ¿eso le ha pa­sado otras veces? Me dice: sí. Y yo le di­go al ni­ño: pues duérmete normal y no agaches la cabeza.

«Por la mañana el padre vino a verme: médico, muchas gracias por su preocupación».

Algunos días antes, Jesús había ido a su trabajo: un pequeño campamento de pioneros.
Lo encontró devastado.

Entonces le propusieron que comenzara a atender en un aula, habilitada como enfermería, en la Rodney Coutín.

Dijo que sí.

—Somos cuatro enfermeros. Las guardias son de siete de la mañana a siete de la noche; al otro día, de siete de la noche a siete de la mañana; una posguardia y un día franco. Los médicos son los que no son fijos.

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Según Lázaro Emilio, el centro cuenta con un mensajero que trae diariamente la dispensación.

—Todos los días, a las nueve de la mañana, el servicio médico da un parte: qué cosas hacen falta. Y si hace falta algún tipo de insumo, o al­gún medicamento controlado, se colegia con Sa­lud y se provee. El mensajero sale cada ma­ñana y regresa con todo: desde pastillas hasta un ba­lón de oxígeno.

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Ocho días después del huracán Alfredo Je­sús Nolasco Ferrer recibió 50 tejas. También una bolsita con puntillas.

—De acuerdo con el tipo de afectación, estamos en proceso de entregar a los damnificados, para facilidades temporales, módulos consistentes en 50 tejas de asbestocemento; diez va­ras rollizas de madera; 3,5 kilogramos de puntillas; un saco de cemento y uno de arena. De manera gratuita —asevera Eduar­do Zorrilla Ro­mero, vicepresidente de la Asam­blea Muni­cipal del Poder Popular y presidente de la co­misión de evacuación en Ba­racoa.

«Hasta el momento, hemos entregado 250 de estos módulos en el municipio. Y quedan ocho casos (entre ellos, Jesús) a los que no ha si­do posible entregarles el módulo completo por falta de madera, debido a problemas de acceso a los sitios de acopio.

«Además, comenzamos la construcción de otro tipo de módulos consistentes en un juego de sillas (cuatro sillas de madera pulida; respaldos y cojines de vinil), un colchón y una cama, para entregarlos paulatinamente a aquellos que se vieron afectados desde el punto de vista mobiliario, es decir, a esas personas que, aunque ya construyeron la estructura de sus casas, todavía no han podido establecerse por falta de condiciones materiales».
Dice que hasta el momento han entregado 124 colchones a los 14 centros de evacuación, una cifra aún insuficiente.
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La enfermería es una aulita húmeda con dos mesas y tres o cuatro sillas. Tiene algunas ventanas empotradas en la pared de atrás. Están cerradas. Hay poca luz. Junto a la única puerta una silla plástica, el balón de oxígeno. Sobre una de las mesas hay recetas, jeringas desechables, un bolígrafo, bolsas de sueros.

Entra y sale gente.

La doctora revisa signos, síntomas, y va anotando todo en un cuaderno: dolores de cabeza, decaimiento. Saluda a alguien que pasa a sa­­ludar.
Jesús unta una crema sobre un raspón, po­ne medicamentos en vena. Dice que es un día tranquilo. Y que termina mañana a las siete.

—La vida general de un enfermero depende de que le guste o no le guste la carrera. Y a mí me encanta cuando tengo un paciente y logro salvarlo. Ese mismo señor que vino ahorita con la herida: cuando yo curo esa herida, y veo al que otro día ha mejorado, eso me sirve de satisfacción.

«Complicaciones sí hemos tenido. Una ni­ñita de nueve meses que se presentó con unas diarreas, y como aquí no hay condiciones para ingresar optamos por remitirla. An­te­riormente había habido un niño con mucha tos, por un síndrome que tiene, y también lo remitimos al hospital Octavio de la Concepción y de la Pe­draja, aquí en Baracoa».

A veces, cuando al médico de guardia le surge alguna urgencia, Jesús se queda solo en la consulta. Entonces, con la puerta semiabierta, se acurruca en el suelo. Duerme un poco. O amanece sentado.

Hay un colchón vuelto un cilindro encima de una silla, pero Jesús no se atre­ve a tocarlo. Di­ce que es de una de las enfermeras.
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—Dime de la casita, ¿cómo va?

—Monté el techo con ayuda de un hijastro. Lo hicimos rápido porque fue un remiendo. Pero la construcción empezará cuando empiecen a dar el resto de los materiales. Esa hay que comenzarla desde cero.

«Hasta ahora hemos forrado los dos cuartos y un pedacito de sala con las tejas. Quedó un pedazo de pared en pie y lo aprovechamos. Y con las mismas tejas hicimos otras pa­redes».

—¿Y qué? ¿Se recupera Baracoa?

—Yo tengo la esperanza de que todo se recupere. Incluso, como tengo el terrenito sembrado, yo les he dicho a los jefes que, si quieren, yo les dono un pedazo de terreno para que construyan mi casa y otras; porque ellos hacen bi­plan­tas, triplantas. Me dijeron que lo iban a te­ner en cuenta.
Ahora sonríe.

—Lo que me alegra es que en el terrenito ten­go algunas matas que ya están saliendo. Hay una de platanito guineo que tiene sus hojas afuera y todo. Es que las matas son así, usted sabe: se caen, pero vuelven a crecer.

(Jesùs Jank Curbelo/Tomado de Granma)