Foto: ACNUR/Cuba

Con el brazo extendido

Alberto Aragón/ACNUR Cuba / 
06.07.2018

Refugiados de Afganistán, Irán, Siria y Yemen donaron sangre de forma voluntaria en la Cuba que los acoge, sin otro interés que el de contribuir a salvar vidas.

Se viven tiempos difíciles, para algunos más que para otros. Quienes llevan la peor parte, quedan pocas dudas, son las personas que tienen que abandonar sus casas, sus familiares y amigos, sus recuerdos, sus raíces, porque el lugar donde siempre vivieron ya no es seguro. Las guerras, la persecución y otras formas de violencia social son las principales causas para que hoy 68.5 millones de personas en el mundo se encuentren desplazadas de sus lugares de origen, ya sea dentro de sus fronteras o en otros países.

Además del impacto de huir de grandes peligros, en el trayecto se enfrentan a otros obstáculos riesgosos: fronteras alambradas, hombres con o sin uniforme que les disparan, embarcaciones que naufragan, individuos inescrupulosos que los maltratan o explotan. Antes de encontrar un lugar donde vivir en paz y disfrutar de los derechos humanos básicos, pueden sufrir incomprensión, rechazo y discriminación, a veces por mucho tiempo y en lugares donde esperaban una acogida diferente, pues creían que eran los referentes del progreso y la civilización.

Pero las personas refugiadas son ejemplo de resiliencia. No se rinden, ni pierden la esperanza, pues como dice el refrán, eso es lo último que se pierde. Luchan por mantenerse en pie, aunque el futuro aún demore en llegar.

“Einstein era un refugiado”, recordaba, hace unos años, un poster del ACNUR. Obviamente, no todos los refugiados son Einstein pero, como todos los seres humanos, tienen valores, conocimientos y habilidades que están ansiosos por ejercitar y aportar a la sociedad que los acoja. En momentos difíciles como estos, algunos políticos quieren hacer creer que los refugiados son parásitos que llegan a drenar los recursos de otros países; algunos medios de comunicación, lamentablemente, se hacen eco de esos empeños. Pero pocos reconocen que, cuando se les da la oportunidad, los refugiados pueden ser personas muy útiles.

En el mejor de los casos, pensamos en los refugiados como seres que necesitan ayuda. ¡Pero ellos también son capaces de darla! Hay ejemplos concretos como este, cercano en el tiempo y en el espacio:

La Habana, Cuba, una calurosa mañana de 2018. Previa coordinación con la Cruz Roja Cubana, bien temprano y en ayunas comienzan a llegar a un Consultorio del Médico de la Familia del capitalino municipio de Plaza de la Revolución. Son una treintena de hombres y mujeres refugiados de Afganistán, Irán, Siria y Yemen que acuden voluntariamente a donar sangre, sin otro interés que el de contribuir a salvar vidas.

Llega un gran ómnibus que tiene una identidad particular: es el Banco de Sangre móvil. Todas y todos se alistan: algunos como Mobin son tan jóvenes que uno se pregunta si tienen la edad suficiente; otros como Pouneh, Arezou o Mahdi se entristecen cuando no pueden donar por algún motivo de salud. Los restantes lo logran entre risas y chistes en al menos tres idiomas.

Al final muestran con orgullo el diploma que reciben todos los donantes voluntarios en Cuba. No importa si su nombre es Faezeh, Hamid, Sajjad, Mansour, Shamsuddin, Rahmatullah o Mahmoud; si se les conoce como Jamaluddin, Aminollah, Rashad, Abdullah, Ammar, Fajer o, Seyfullah; o si les llaman Hamad, Mohamed, Said, Ahmed, Salahaddin, Abdul, Ali o algún otro nombre que nos recuerda cierta literatura que nos fascinó muchos años atrás. Menos aún importa en esta mañana de dónde vienen, cuál es su lengua materna, quién les expidió el pasaporte ni qué condición legal tienen, o dejan de tener. Lo que importa es que, con total desinterés, han entregado parte de sí mismos para ayudar a otros, con el brazo extendido.

Generalmente los refugiados dan gracias cuando reciben alguna ayuda. Por estos días en que se ha conmemorado el Día Mundial del Refugiado, son ellos quienes merecen nuestro agradecimiento por gestos como este que confirman su humanismo y su solidaridad, dos valores que tanto se necesitan en estos tiempos difíciles.

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